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Mi Primer Caso

Un buen, día llegó a mi consulta Ana María, –nombre supuesto por respeto a la intimidad de la paciente–, de cincuenta y tres años de edad, hija única, que consultaba por presentar estados de depresión intermitentes desde hacía varios años, con frecuentes estados de excitación y crisis de llanto. Estaba casada y tenía tres hijos. Su madre, de ochenta años de edad vivía con ellos y siempre ha tenido mucho carácter. Era la que trabajaba para mantenerla a ella y a su padre y era maltratada por este. Aun a pesar de todo esto, me dijo: “No aguanto a mi madre y a veces siento odio hacia ella”. Durante la primera sesión revivió muchos momentos de su infancia y adolescencia, todos desagradables, y al retroceder al momento de su nacimiento rechazó con violencia verbal y rabia el momento en el que su madre la iba a tener en los brazos. Al retroceder al vientre materno dijo sentir miedo, que predominó durante el resto de la sesión no logrando la paciente ver ni experimentar nada más. A su llegada para realizar la segunda sesión refirió sentir miedo, desesperación, impotencia y tristeza, que localizaba en la parte alta del pecho como una presión “Como algo que me empuja” y me dijo que durante los últimos días se había acrecentado mucho la mala relación con su madre. Al empezar a trabajar, y tras el largo proceso de relajación que entonces yo aplicaba a mis pacientes, le indiqué que retrocediera al momento de su vida en el que más intensamente había sentido ese miedo, desesperación, impotencia y tristeza y tras unos breves segundos empezó a decir: —Estoy en el vientre de mi madre, me duele el pecho. Hay una aguja larga y brillante que me va a tocar el cuello, pero no es una aguja –exclamó gritando y con miedo– es algo que lleva una empuñadura y tiene forma de gubia, es como si estuviera desplazando algo que me chafa, me oprime el pecho y siento náuseas –en este momento la paciente somatizaba las náuseas realizando varias arcadas. —¿Qué sientes en este momento? –le pregunté. —Siento mucho miedo y no entiendo por qué quiero estar aquí, podría no nacer, estoy en el cuarto mes de embarazo. En este momento mi madre tiene miedo pero está decidida a abortar –dijo la paciente llorando y gritando– porque está resentida y tiene odio hacia mi padre y hacia mí, tiene rabia y está enfadada porque piensa que ha sido una tonta, ya que está embarazada de mí y mi padre ahora no quiere casarse con ella. La paciente tuvo conocimiento de esta situación y del intento de aborto durante esta regresión, ya que era algo que desconocía hasta ese momento. —Muy bien, sigue ¿qué está pasando? —A mi madre la sientan al filo de una silla y la exploran con unas manos flacas que dan asco, y toman esa herramienta y la introducen para quitarme a mí; al entrar corta algo y veo sangre –la paciente continuó este relato sin dejar de llorar– pero una especie de bolsa se queda desplazada encima de mi pecho y gracias a ella esa herramienta no me corta a mí; ¡no tienen por qué cortarme a mí! Siento tristeza e impotencia y no quiero nacer. Al término de esta sesión la paciente manifestaba comprender la decisión de su madre de intentar abortar, ya que en aquellos años y en un pueblo, una mujer soltera y embarazada era la deshonra para su familia y el centro de la crítica de todos. Su madre emigró a una gran ciudad con unos familiares, y allí se casó con su padre un mes antes de que ella naciera. La paciente terminó la sesión diciendo: “no quiero culpar a mi madre por esto, quiero querer a mi madre”. Una vez alcanzado el objetivo inicial, y después de una tercera sesión en la que se corroboraba de nuevo toda la experiencia, la paciente había notado cambios significativos en su vida y le indiqué la posibilidad de darle el alta. Ella me dijo que le gustaría hacer alguna regresión más, porque al término de cada sesión se encontraba muy relajada y con un gran bienestar, por lo que concertamos una siguiente cita. Llegó el día y Ana María apareció de nuevo en mi consulta, empezamos la sesión y con suma facilidad, nuevamente se encontró en el vientre materno. Entonces pensé en inducirla para que regresara al primer momento del embarazo, para ver si en esos primeros estadios ella ya tenía conciencia de todo, y le dije: “Ahora voy a contar hasta tres y al llegar a tres vas a retroceder al primer momento que tengas conciencia de tu estancia en el vientre de tu mamá”. En ese momento fui testigo, sin saberlo, de algo que no supe distinguir entonces, y es que el alma del paciente, como auténtica protagonista de esta terapia es, siempre, quien decide cuál es la experiencia que necesita trabajar en regresión. El gesto de Ana María cambió, era el gesto de una persona que estaba viendo algo raro, extraño o increíble. Tras unos segundos de silencio, me atreví a preguntar. —¿Qué está pasando? —Estoy muerto –me contestó. Ante esta respuesta, mi sorpresa fue mayúscula y, por un momento, me quedé sin saber qué decir ni qué hacer ante esto. Mi mente se saturó de preguntas sin respuestas: “¿Pero cómo que está muerto, si está aquí? Además respira perfectamente y su coloración es normal, y encima ha dicho muerto, si al menos hubiera dicho “muerta” ”. Ante esta confusión, y fingiendo no haber oído correctamente lo que había dicho, me dirigí de nuevo a ella y le dije: —Querrás decir estoy muerta. Y ella, con total rotundidad me contestó: —He dicho que estoy muerto. En ese momento estuve a punto de decirle que abriera los ojos y dar así por finalizada la sesión porque la situación me estaba superando, pero de forma simultánea acudió a mi mente la convicción de estar ante una fantasía de mi paciente. Gracias a este pensamiento desapareció mi estado de confusión y me dispuse a comprobar hasta dónde iba a llegar esta historia. Así que le dije: —Explícame ¿cómo es eso de que estás muerto? —Soy un niño, tengo ocho años, es de madrugada, voy vestido de marinerito, y estoy flotando boca abajo en el mar porque ha habido un naufragio y nos hemos ahogado todos. —¿Os habéis ahogado todos? –le pregunté. Y haciendo un giro de su cabeza hacia la derecha, continuó diciendo: —Bueno por aquí viene un marinero nadando, agarrado a una madera, pero este también se muere porque está muy agotado. Ante mi pleno convencimiento, en aquel momento, de que todo eso era una fantasía, decidí continuar y le dije: —Muy bien, ahora voy a contar hasta tres y vas a retroceder dos días antes al momento en el que ahora estás. Uno, dos, tres, ¿qué está pasando? —Soy de Marsella, es el año 1640, y acabamos de salir de viaje en un barco velero. El motivo del viaje es porque mi papá se dedica al negocio de las especias. Debido a mi gran amor a la mar y a mi afición a la navegación a vela, pensé que había llegado el momento de demostrar que lo que mi paciente me estaba contando era una pura fantasía, por lo que empecé ha hacerle numerosas preguntas relacionadas con la estructura del barco, los palos que tenía, la forma de las diferentes velas y la forma de determinadas maniobras. Para mi sorpresa, durante aquel “interrogatorio” al que sometí a la paciente durante un tiempo aproximado de dos horas, me fue contestando una a una, y con todo tipo de detalles, a todas las preguntas que le fui haciendo, utilizando un lenguaje diferente a lo que es el argot marinero. Le hice incluso preguntas trampa, insistiéndole en la existencia de utensilios de acero inoxidable para tensar los cabos que bajaban de los palos, y ella, tras breves silencios me decía, “Aquí no hay nada de eso que tú dices”. Ante esto, mi teoría de la fabulación se iba desmoronando, pero no obstante continué y le dije: —Oye, ¿y tus papás dónde están? —Están sentados en la cubierta, charlando con el capitán del barco porque hace un día de sol espléndido. —¿Y tú podrías acercarte a ellos y transmitirme la conversación que están manteniendo? Esta vez mi sorpresa fue total, porque fue la primera vez que presencié el fenómeno de xenoglosia, ya que me transmitió la conversación en perfecto francés, idioma que la paciente no conocía ni conoce. La xenoglosia, o capacidad de hablar una lengua que se desconoce es algo que todo terapeuta de terapia regresiva ha presenciado alguna vez en alguno de sus pacientes. Te impresiona la primera vez que lo presencias pero no sirve para nada desde el punto de vista terapéutico. Al término de la sesión la paciente me preguntó: “¿esto qué ha sido?”, no supe contestar en aquel momento. Estuvimos comentando lo ocurrido y pude comprobar que lo recordaba todo a la perfección, pero de lo único que no era consciente era de haber hablado en francés, y me aseguraba que lo había hecho en castellano.