Alma Mente Conciencia

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Alma Mente Conciencia

En estado de inconsciencia, no hay consciente, no hay consciencia, de ahí que, en algunos casos de pacientes que han presentado experiencias cercanas a la muerte (ECM), el electroencefalograma (EEG) se ha mantenido plano durante varios días, como el conocido caso del doctor Eben Alexander que, durante siete días presentó esta característica, en la evolución de una meningitis bacteriana por escherichia coli.
Para la ciencia, hoy, si un EEG es plano nos está diciendo que no hay actividad eléctrica y, por otra parte, en el caso anterior, la escherichia destruye la corteza cerebral o neocórtex.

No hay respuesta científica a que un adulto con esta afectación salga de ella indemne y sin secuelas y mucho menos que venga contando donde estuvo y con quien estuvo, durante esos siete días.
Son millones de casos, ya registrados, en los que personas que han estado en muerte clínica, al salir de esta situación, vienen contando este tipo de vivencias que, aunque diferentes, mantienen un denominador común, en distintos momentos, en las que son totalmente coincidentes.
La pregunta es, si durante la situación de muerte clínica no tienen consciencia de lo que está sucediendo, ¿cómo es posible que, una vez superada dicha situación, sean capaces de relatar experiencias que, como todos ellos afirman, son totalmente reales?, ¿de dónde se nutre su consciencia, antes ausente y ahora presente, para afirmar haber tenido ese tipo de experiencias, asegurando que no son alucinaciones, si no vivencias absolutamente reales?

Han sido dos los congresos en los que, hasta ahora, he compartido con mi admirado y reconocido amigo el doctor Pim Van Lommel, cardiólogo que, durante muchos años, viene investigando el fenómeno de las ECM. Durante el último congreso, que se celebró en el Hospital General de Elche, hablando sobre este tema, me decía que es posible que existiera lo que podríamos denominar “la Consciencia Excluida”, no contemplada por la ciencia, responsable de la captación de estas vivencias.
En el presente momento creo estar seguro de que, por encima de todo y de todos hay algo que nos contempla, unos le llaman Universo, otros Dios…, lo de menos es el nombre, lo importante es que está.

Yo le llamo Dios, y le doy las gracias por haberme permitido vivir una experiencia, que relato a continuación, en la que pude darme perfecta cuenta de que “la Conciencia nutre a la Consciencia”.
Era el lunes, diecisiete de julio del año dos mil diecisiete, como todos los días llegué al hospital y me instalé en mi puesto de trabajo, en el servicio de codificación, ubicado en el sótano.
Estaba sentado frente a mi mesa y todo transcurría de manera habitual cuando, de forma súbita e inesperada, sentí y experimenté como mi miembro superior izquierdo cayó de la mesa y quedó colgando, seguidamente noté una pérdida de fuerza en el miembro inferior izquierdo y, a continuación, noté como, por mi comisura labial izquierda, empezaba a caer saliva.
Pasé los dedos de mi mano derecha por dicha comisura comprobando que, efectivamente, estaba saliendo saliva y, en ese momento, experimenté una extraña sensación que me aportaba una gran tranquilidad y una percepción aumentada de control sobre lo que estaba sucediendo, llevándome, de forma rapidísima, a la aceptación de que me estaba dando una trombosis cerebral.

Estaba en un habitáculo, con siete personas más, las cuales estaban atentos a sus diferentes ordenadores con los que se lleva a cabo el trabajo de codificación y, ahí, yo era el único médico.
El control de la situación era tan intenso que, rápidamente, empecé a planificar mi salida de ese habitáculo para dirigirme a urgencia de forma que, ninguno de los presentes, se percatara de lo que me estaba pasando.
Lo primero que hice fue agarrar mi muñeca izquierda con mi mano derecha, colocando la mano izquierda, dentro del bolsillo de mi bata, para disimular la paresia del miembro superior izquierdo, seguidamente me dispuse a levantarme de mi asiento y al hacerlo sentí la enorme falta de fuerza que presentaba en mi miembro inferior izquierdo.

Una vez en pie, decidí guardar silencio, por temor a que se me notara la disartria que, daba por hecho, podría presentar en ese momento y, dando pasitos cortos, salí caminando junto a las cristaleras que había a mi derecha, dirigiendo mi mirada hacia el exterior para evitar así que, si alguien me miraba, pudiera ver la paresia facial izquierda que yo ya sentía que presentaba.
Una vez fuera del habitáculo del servicio, accedí al pasillo por el que tenía que dirigirme y, en llegando a su final, poder acceder a la planta baja donde está ubicado el servicio de urgencias, aquí pude comprobar como al alargar el paso mi pierna izquierda arrastraba, así que lo alargué hasta donde pude. No me crucé con nadie porque por el pasillo del sótano la circulación de personas es, prácticamente nula.

Llegado a la planta baja, encaré el pasillo central de urgencias que desemboca en unas anchas puertas de cristal por las que acceden todos aquellos enfermos que llegan en ambulancia y fue en ese momento cuando me di cuenta de la luz y la claridad que hay al final de ese pasillo gracias a la presencia de dichas puertas.
Era tal la tranquilidad que seguía sintiendo y el control tan intenso de la situación, que me sonreí al pensar que quizá fuese algo parecido a lo que algunas personas, que han tenido una ECM, cuentan cuando dicen haber visto una luz al final del túnel. Cientos de veces había pasado antes por ese pasillo y nunca había tenido esta percepción, pero ahora todo lo veía diferente porque lo estaba mirando desde otra perspectiva.

Cuando caminaba por él, todo mi empeño era controlar mi cuerpo para no desviarme de la línea central del pasillo, llegando a experimentar la extraña y nueva sensación de sentirme como muy pequeño y estar dentro de mi cerebro “en el puente de mando” para, desde ahí, manejar manualmente mi cuerpo y conseguir que no se desviara de la línea central del pasillo. Empresa esta imposible porque, muy a mi pesar, a cada paso que daba, mi cuerpo se iba desviando hacia la izquierda, hasta llegar a la pared. Estando en esa posición, apareció la única persona que, en ese momento, extrañamente en un pasillo de urgencias, pasó por ahí.
Era la señora de la limpieza quien, al verme, se limitó a saludarme, a lo que yo asentí con un movimiento de cabeza, evitando verbalizar el saludo para no evidenciar la disartria que sospechaba poder presentar.

Logré reponerme de esa posición y, un poco más adelante, al girar a la derecha, me encontré ante la puerta cerrada del primer reconocimiento y, al abrirla, con mi mano derecha, apareció ante mí la figura de un compañero de profesión, gran profesional de urgencias, con más de treinta años de experiencia quien, al verme, se sobresaltó, porque ya apreció la hemiparesia izquierda que yo presentaba.
Me invitó a entrar en el reconocimiento y me ayudó a sentarme en la camilla e inmediatamente me preguntó ¿qué te pasa Juanjo?, y yo le contesté…, me está dando una trombosis cerebral, siendo en ese momento cuando pude percibir que presentaba una disartria importante.
Acto seguido, agarrándome por el brazo izquierdo, me indicó que fuéramos hacia la zona de camas, distante unos veinte metros de su reconocimiento. En ese momento no había cama libre, por lo que mi compañero me sugirió y me ayudó a sentarme en un sillón para esperar cama.

Estando ahí sentado, lo primero que hice fue agarrar el móvil que llevaba en el bolsillo derecho de la bata y llamar a mi mujer a la que, con dificultad, logré decirle “trombosis cerebral, urgencias”, seguidamente aparecieron otros dos compañeros quienes, al vernos, se acercaron para interesarse por lo que estaba ocurriendo. Se colocaron los tres frente a mí, y el primero en verme, señalando con el dedo, les comentaba a los otros dos, toda la sintomatología que yo presentaba y eso, desde mi perspectiva en ese momento, me hizo sentirme observado como, imagino pueda sentirse, un pez en una pecera. Cierto es que esto te hace sentir incómodo, pero también, no es menos cierto que, eso mismo lo había hecho yo muchas veces, durante los años de mi ejercicio profesional.

Los tres evidenciaban preocupación por lo que me estaba pasando por lo que, en un momento dado, me dirigí a ellos diciéndoles “no preocuparos veréis como supero esto, al final no va a ser nada”, pero ellos seguían comentando la situación. Volví a hacerles el mismo comentario y fue ahí donde me di cuenta de que lo hacía sin disartria, yo me escuchaba perfectamente y había desaparecido la disartria…, hablaba perfectamente, pero en ese momento también pude comprobar que, aunque yo hablaba perfectamente…, ellos no me escuchaban. Ahí me di cuenta de que les estaba hablando desde mi conciencia, o lo que es lo mismo, desde el Alma.

Inmediatamente busqué mi cuerpo físico y lo encontré a mi izquierda, sentado junto a mí. En ese momento supe que para que ellos me pudieran escuchar, tenía que hablarles utilizando mi cuerpo físico, por lo que me incorporé a él, haciendo un pequeño movimiento hacia la izquierda, pero al intentar hablarles lo único que conseguí fue soplar por la comisura izquierda, al ver esto ellos me dijeron tranquilo…, no te esfuerces.
Esto de soplar por la comisura es lo que se conoce como el signo del fumador de pipa y, cuando aparece en la evolución de un ICTUS, suele ser indicativo de mal pronóstico. Ante el fallido intento de hablar utilizando el cuerpo físico, volví a la situación anterior y me coloqué junto a él.

Acababa de descubrir, desde mi consciencia, un signo indicativo de posible mal pronóstico.
Toda información procedente de la consciencia…, se procesa en la conciencia a una velocidad infinitamente superior. En estado de conciencia sabes, en primer lugar y de forma inmediata, cual es la decisión. En estado de consciencia, toda decisión va precedida de unas conclusiones las que, a su vez, son precedidas por un razonamiento de la situación ante la que estoy o en la que me encuentro.

De ahí que, al volver a mi estado de conciencia, junto a mi cuerpo físico…, me dije…, si es hemorrágico, me quedan cuatro o cinco minutos para marcharme…, bueno, pues si ha llegado el momento…, me marcho.
Llegado a este punto y, a la vez que estaba aceptando el momento de mi marcha, sentí como me invadía una Paz imposible de definir, como nunca había sentido en mi vida, acompañada de una aceptación plena de la situación que estaba viviendo.

De forma simultánea, también estaba percibiendo con meridiana claridad la presencia, a mi derecha, de un ser de un metro setenta y cinco y cabello de color castaño, que me mostraba escenas de mi vida, diciéndome que nada de lo sucedido hasta este momento de mi vida era importante…, que todo está bien…, que solo son experiencias de las que tenemos que aprender…, lo que pasa es que nosotros solos nos complicamos la vida.
En ese mismo instante me dije…, pero yo no puedo marcharme ahora…, tengo muchas cosas que hacer, dar conferencias, participar en congresos, escribir libros…, pero para ello, necesito que mi cuerpo esté sano…, necesito hablar bien y moverme con normalidad.

Al plantearme este deseo sentí, con total convencimiento, la presencia, detrás de mí, de algo que me transmitía seguridad. Lo sentí como la presencia de un ser que, además de seguridad, me transmitía mucha fuerza y claridad.
Procedente de él, me llegaron las palabras…, Tú Decides.
No puedo explicar cómo, al escuchar esas dos palabras, me sentí invadido por un sentimiento de seguridad plena, que me llevó a la certeza de que a partir de ese momento iba a suceder lo que yo deseara, afirmara o decretara.
Inmediatamente, dije…, decido quedarme para hacer todo lo que me queda por hacer…, pero…, mi cuerpo tiene que estar absolutamente sano…, ya.

En ese mismo momento, siento como mis compañeros me agarran de los brazos para ayudarme a levantar del sillón y llevarme a la cama, recorriendo una distancia de unos cinco metros, por lo que me incorporo al cuerpo físico.
Ya estamos junto al lado izquierdo de la cama cuando, al otro lado, aparecen las dos neurólogas que estaban de guardia y que habían sido avisadas por el médico de urgencias. Al llegar, una de ellas, dice…, vamos ya…, a Juanjo lo quiero en la cama ya, para explorarle…, pero ya.

Al escuchar esto, giré mi cabeza y dirigiéndome a ella pregunté…, ¿me acuesto vestido o me quito la ropa?, mi compañero, el primer médico que me atendió al llegar a urgencias, de forma sorpresiva, exclamó …, Juanjo, estás hablando claramente, ya no tienes disartria…, al escucharlo, tomé consciencia de ello, y dije…, es verdad, estoy hablando claramente, y seguí diciendo…, suéltame el brazo y, al comprobar que mi brazo izquierdo estaba bien y mi pierna izquierda también lo estaba…, me desnudé yo solo y me acosté en la cama.

La compañera neuróloga me exploró y, al terminar la exploración, se quedó mirando a los tres médicos de urgencias, que permanecían en pie al otro lado de la cama, y dirigiéndose a ellos dijo…, ósea, yo me tengo que creer que Juanjo, hace cinco minutos o diez minutos, presentaba un ICTUS y…, ¿qué le habéis visto?
Tomando la palabra el primer médico que me atendió, procedió a explicarle todos y cada uno de los síntomas que yo presentaba en aquel momento, apostillando que yo también expresaba el mismo diagnóstico y los otros dos médicos expresaron haber visto, igualmente, todos los síntomas descritos por el primero.

La neuróloga, al escuchar todo esto, se dirigió a mi diciéndome…, Juanjo, si yo no supiera lo que acabo de escuchar y después de la exploración que te acabo de realizar, te diría…, levántate y vístete, que a ti no te pasa nada, pero después de escuchar esto, te tengo que ingresar y hacerte un estudio más profundo.
Acababa de llegar mi mujer y, abriéndose paso entre ellos, se abalanzó sobre mí y me abrazó emocionada. En ese momento empecé a llorar, al tomar consciencia de que, al decidir quedarme aquí, lo hice porque tengo muchas cosas que hacer, pero en ningún momento tuve presente de que sí, me hubiese marchado, tanto ella como mis hijas y mis nietos habrían sentido mi pérdida y eso era lo que ella, en ese instante, estaba sintiendo y así me lo estaba transmitiendo.
Ahí pude darme cuenta de que, cuando nos marchamos, el sentimiento de pérdida que experimenta el que se queda, se lo transmite al que se marcha y entre ambos, este sentimiento se potencia de forma bidireccional, haciendo que la pena y el dolor aniden en los que se quedan y dificultando la partida hacia la luz del que se ha marchado ya que, ante esta situación, decide no marchar a la luz y quedarse junto a sus seres queridos para consolarlos en su dolor.
Gracias a esto, he podido entender cómo, padres que han perdido hijos, y que en estado regresivo son capaces de contactar con ellos comprobando que están en la luz o ayudándoles a ir a la luz, expresan su alegría por el bienestar de sus hijos pero, también expresan…, “aún a pesar de saber de qué mi hijo está bien…, la pérdida es la pérdida”, convirtiéndose esto en el caballo de batalla que les acompaña constantemente en el largo y duro camino, que han de recorrer, para poder intentar superar el vacío  que sienten con la ausencia por la pérdida física de sus hijos.
Permanecí cinco días ingresado en el hospital, durante los que me hicieron todas las pruebas habidas y por haber, no encontrándose causa que justificara el cuadro que había presentado así, como tampoco, secuela alguna de lo que había sucedido.
Doy gracias a Dios por haberme permitido vivir una experiencia tan maravillosa, a través de la cual he podido aclarar dudas que tenía, entender cosas que no entendía y descubrir otras que desconocía.
Es por esto y como una de las conclusiones a las que llego, después de vivir esta experiencia…, me atrevo a afirmar de que estamos hablando de lo mismo cuando decimos Alma, Mente, Conciencia.

Dr. Juan José López Martínez