Padres que han perdido hijos

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Padres que han perdido hijos

En este momento de mi vida, creyendo saber algo y sabiendo que no se nada creo poder afirmar, sin temor a equivocarme, que la muerte de un hijo es una de las experiencias más traumática a la que un ser humano pueda enfrentarse.

He podido escuchar y observar a padres y madres que han vivido la tremenda experiencia de perder a un hijo y ver cómo, a partir de ese momento, sus planteamientos de vida dan un cambio radical y sus preferencias ya no son las mismas lo que les convierte en buscadores incansables de respuestas porque no aceptan lo sucedido y sienten que no es justo lo que ha ocurrido.

Y empiezan a buscar respuestas a muchas preguntas ¿por qué hay gente mala en el mundo que no se muere y se ha tenido que morir mi hijo?, ¿por qué ha tenido que ser mi hijo?, ¿por qué Dios se lo ha llevado?, ¿por qué Dios me lo ha quitado?, ¿y si hubiésemos ido antes al médico?, ¿y si le hubieran hecho las pruebas antes?, ¿y si no hubiera ido a esa fiesta?, ¿y si no hubiera ido a esa excursión?, y si, ¿por qué?, y si, ¿por qué?………………

En su incansable búsqueda empiezan con la lectura de libros que no sabían que existían y en los que, diferentes y numerosos autores hablan de que la muerte no es el final si no que es solamente un tránsito en el que perdemos el cuerpo físico, pero seguimos vivos en el plano espiritual, y de forma inmediata se aferran a esto como bálsamo para paliar su dolor.

También encuentran asociaciones de duelo formadas por padres y madres que también han perdido hijos y descubren como, de forma inmediata, se sienten entendidos y comprendidos y a su vez, ellos también entienden y comprenden a estas personas porque todos han pasado por lo mismo.

La primera gran lección que me enseñaron estos padres y madres es que por mucha sapiencia y licenciaturas que tengas y muchos títulos que atesores, si no has pasado por la experiencia de perder un hijo, nunca sabrás lo que ellos sienten, lo que solo te va a permitir ayudarles parcialmente, como observador que eres, amándolos y escuchándolos.

Por mis años de experiencia en el estudio e investigación del estado regresivo o estado expandido de conciencia del ser humano, he podido constatar lo que autores que me preceden ya venían observando y me estoy refiriendo a la capacidad que tiene el ser humano cuando está en este estado, al que llega de forma espontánea, de revivir en presente hechos y acontecimientos vividos en cualquier momento anterior a su actual presente remontándose incluso a experiencias que identifica como acaecidas en cuerpos diferentes a su cuerpo actual y a las que reconoce como vidas pasadas, en las que tiene la oportunidad de revivir la muerte de esa vida pasada lo que le permite descubrir que la muerte, lejos de ser el final, es un proceso mediante el cual, al morir el cuerpo físico el ser que realmente somos, que llamamos alma, queda libre para integrarse de nuevo en el plano espiritual y volver a la luz.

También he tenido la oportunidad de escuchar numerosos testimonios de personas que han pasado por una experiencia cercana a la muerte (ECM), y lo que me ha llamado poderosamente la atención ha sido el poder observar las numerosas coincidencias que en sus testimonios presentan con las personas que han revivido la muerte en una vida pasada.

Del mismo modo, también he tenido la oportunidad de acompañar a diferentes personas durante las horas o días previos a su fallecimiento y he podido observar cómo, estando plenamente conscientes y orientadas y sin la influencia de fármacos, lo que relatan en esos momentos guarda una gran coincidencia con los testimonios de los dos grupos anteriores.

Como resultado de todo esto podemos llegar a plantearnos que la muerte es solo un tránsito en cuyo proceso nuestra alma vuelve al plano del que provino para ocupar este cuerpo físico el cual, llegado el momento, es el que solamente muere y si nos fijamos un poco más podremos darnos cuenta de que toda esta información nos es facilitada por el alma.

El ser humano en estado regresivo, además de lo expuesto anteriormente, es capaz de entrar en contacto con esas almas que ya han realizado el tránsito y han abandonado el cuerpo físico y es entonces cuando podemos darnos cuenta de que muchos de estos seres retrasan su momento para volver a la luz prefiriendo, por diversos motivos, continuar en este plano junto a nosotros, aunque no los veamos y no los oigamos, por lo que muchas veces nos dan señales para que sepamos que están.

El hecho de que ya estén en la luz, no les impide visitarnos de forma frecuente y también darnos señales para que sepamos que están entre nosotros.

Al empezar a acompañar en estado expandido de conciencia a padres y madres que habían perdido a un hijo acaricié la equívoca esperanza de que, si lograban contactar con sus hijos, el dolor, la ausencia y el vacío que sentían por la pérdida estaría resuelto, pero pronto me di cuenta de lo lejos que ese anhelo mío estaba de la realidad.

La gran mayoría de los padres y madres a los que he acompañado en estado regresivo han podido contactar con sus hijos e interactuar con ellos e incluso, yo mismo, he tenido la gran oportunidad de hablar con ellos cuando, utilizando la voz de sus padres y madres, han tenido la ocasión de hacerlo.

Durante estas experiencias en estado regresivo han podido ver y observar, y así me lo han referido, como sus hijos, en el momento del tránsito, al igual que ellos, también estaban junto a su cuerpo sin vida intentando consolarles en su dolor diciéndoles que no pasaba nada, que ya se encontraban bien, que ya no tenían dolores, que hay seres de luz que les están acompañando en esos momentos y entre los que, en numerosas ocasiones, reconocen a familiares que ya habían realizado el tránsito con anterioridad.

Seguidamente también les hablan de la luz como ese lugar al que ellos tienen que ir o en el que ya están, definiéndolo como un lugar en el que todo está bien, en el que nadie juzga a nadie y en el que sienten un amor y una paz absolutamente infinitos e indefinibles, y llegado el momento de la despedida, expresan la firme promesa de seguir visitando a sus padres y madres para ayudarles en su proceso de duelo, al igual que confirman su autoría de la numerosas y diferentes señales que realizan de formas muy diversa para hacer notar su presencia entre nosotros, y afirman que cuando sus padres se reúnen con otros padres que han pasado por la misma experiencia…., ellos también se reúnen.

Ante estas maravillosas experiencias en las que he recibido el regalo de estar presente, equívocamente pensé que serían suficientes para que esos padres y madres salieran del dolor y el desgarro que les había provocado la pérdida de su hijo.

Yo no entendía, ahora sé que, porque no he perdido a un hijo, por qué, después de estas experiencias en las que, como seres humanos tienen la capacidad de contactar con sus hijos e interactuar con ellos constatando que están vivos, pero en otro plano, de estos padres y madres no desaparecía la pena y el dolor tras la pérdida.

Pero lo entendí rápido cuando uno de estos padres manifestó su contento por haber podido contactar con su hijo, por haber podido escucharlo y ver que estaba en la luz…………. Todo esto está muy bien, me dijo, y me alegro de saber que mi hijo está bien…, pero “la pérdida es la pérdida” y no lo puedo abrazar.

En este punto pude darme cuenta de que hay dos caminos que, aunque paralelos, son diferentes, y uno es el del ser que ha realizado el tránsito que en su anhelo de ir a la luz tiene que procurar desprenderse de los apegos emocionales, y otro es el de los llamados dolientes que quedan en este plano y que tienen que realizar el camino para evolucionar en su propio duelo.

Quiero expresar mi gratitud a un grupo de padres que, en estado regresivo, han logrado contactar con sus hijos, porque me permiten reunirme con ellos durante tres días una vez al año y esto me brinda la oportunidad de seguir observando la evolución que van teniendo en su duelo, es evidente que la evolución es diferente en cada uno de ellos, pero solo en cuanto al tiempo, porque el camino es el mismo.

No voy a entrar aquí en la enumeración de las fases del duelo que ya han establecido, de forma clara y brillante, especialistas en este tema, pero si quisiera aportar mi granito de arena según lo que llevo observado.

He podido observar cómo desde el primer momento, estos padres y madres quedan atrapados en su dolor preguntándose constantemente ¿por qué?, y no hay un tiempo estándar de permanencia en este estado ya que puede oscilar desde unas pocas semanas, al resto de sus vidas.

Pero la gran mayoría, pasado un tiempo, logran desprenderse de ese ¿por qué?, aunque no del dolor, y empiezan a enfrentarse a una pregunta que se puede calificar como dura y que en los primeros momentos es absolutamente imposible de plantear que es, ¿para qué?
Ellos mismos se dan cuenta que ya no hablan de la muerte si no de la marcha de su hijo y cuando empiezan a asumir que su hijo no ha desaparecido si no que se ha marchado, empiezan a valorar y a entender todas las enseñanzas y todos los momentos de felicidad que les ha dejado, durante el tiempo que estuvo viviendo con ellos, antes de marcharse.

Este es el momento en el son capaces de preguntarse ¿para qué me ha servido la marcha de mi hijo? ¿qué tengo que aprender con la marcha de mi hijo? ¿cómo han cambiado mis planteamientos de vida desde su marcha? ¿qué veo ahora que antes no veía? ¿qué valoro ahora que antes no valoraba?……..

Pero, aunque el dolor nunca desaparece, como me dicen estos padres y madres, si es cierto que es mucho más llevadero es, como si doliera de otra manera, porque ya sabemos que nuestros hijos siguen vivos y nos lo demuestran con esa serie de señales que, frecuentemente, nos están mandando.

Quiero expresar mi gratitud a todos estos padres y madres que me permiten acompañarlos en su camino, que me permiten observarles en su evolución, por toda la enseñanza que me están transmitiendo y por compartir conmigo las señales que están recibiendo de sus hijos.

Se que soy incapaz de entenderos al ciento por ciento y no soy la persona adecuada para daros ese consejo que os hace falta en un determinado momento, porque para lograr hacer eso tendría que pagar el precio y no quisiera vivir la experiencia de que se me marche una hija o se me marche un nieto por eso, cuando no sabes que decir es mejor permanecer en silencio.

Pero, si quiero deciros que, hasta que nos llegue el momento de marchar, tanto Mari Carmen como yo, vamos a permanecer a vuestro lado ofreciéndoos lo único que os podemos dar que es nuestro Amor y, muchas veces………. nuestro Silencio.

Juan José López Martínez